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    11/25/2006

    El fútbol, un sin sentido...

    Seguramente algún antropólogo, sociólogo o psicólogo social se habrá expresado, incluso de manera solemne, sobre el fenómeno del fútbol. Y, a pesar de todo, poco más de lo que ya sabemos habrá dicho en torno a lo mismo. Porque, este ritual de cada fin de semana, y de algún que otro miércoles y/o jueves, que sólo (y poco) descansa en verano, escapa a cualquier intento de raciocinio. Y lo peor, tal vez, sea tratar de devanarse los sesos buscando un intento de interpretación de este acontecimiento deportivo capaz de mover cientos de miles de seres humanos condicionando, a veces, la propia vida de las personas (ahí están la apuestas, la rupturas familiares que de vez en cuando oímos producto de lo mismo, y tantas otras consecuencias de su seguimiento prácticamente incondicional). Decía Heidegger, uno de los más reconocidos y admirados pensadores del reciente siglo finalizado, y paisano de los seguidores de Shalke-04, que “en el peligro está la salvación”, y hoy la salvación que para muchos pudiera suponer la práctica o el seguimiento de la práctica del fútbol, se ha convertido precisamente en el peligro que les acecha de no anteponer a dicho seguimiento cierta dosis de lógica si es que el fanatismo no surge antes para, trágicamente, evitarlo. Porque es curioso como emerge el sentimiento de afinidad a este o a aquel club. No se sabe porqué decimos ser del Sevilla, del Betis o Valencia o del Cádiz. Y, más curioso todavía, es el modo cómo nos identificamos y reivindicamos nuestro sentido de pertenencia a dichas entidades (empresas) deportivas. Acentuamos nuestra condición incluso delante de nuestros iguales, porque hay que ser más del club de turno que nadie. Incomprensible, pero aún tratando de razonarlo, quien suscribe está escuchando un partido de Segunda B y, en el descanso, a alguien se le ha ocurrido volver a repetir los goles de una final en Eindhoven… y yo he tenido que parar de escribir porque los vellos se me han puesto de punta escuchando lo que ocurría el 10 de mayo de 2006 a no sé cuántos miles de kilómetros de Sevilla, dónde un equipo de mi tierra, mi equipo, precisamente, mi equipo fue el que jugó aquella final ( y además, la ganó). Y vuelve a ser llamativo, porque ahora la pertenencia es de doble sentido, yo soy de mi equipo, y el equipo es mío. A partir de ahí a defender y a presumir de lo conseguido, porque hay que asentar de manera pública y palmaria la preeminencia y el prestigio, en función de lo ganado, sobre el resto de otros clubes, especialmente, los más cercanos… Una preeminencia que, en muchas ocasiones, es reconocida por los aficionados del equipo rival si son los derrotados, y eso que se llama deportividad aflora (véase y léase, si se desea contrastar mi afirmación, la página 28 del ABC del día 19 de mayo). La cuestión es, pues, dónde radica la racionalidad del fútbol si es que se fundamenta sobre algún argumento mínimamente asumible. Porque ni materialmente ofrece algún rédito al común de los aficionados (salvo a aquellos que hayan invertido parte de su capital en acciones del club de sus amores); ni desde el punto de vista del desenvolvimiento cotidiano (salvo casos extremos), parece necesario constituir nuestra existencia en dependencia de lo que ocurra con nuestro club. Lo mismo, y recurriendo de nuevo a la historia de la filosofía, todo se reduce en términos hegelianos a la pasión como motor del mundo. No la fe ni la razón. Lo que mueve al hombre es todo aquello que le apasiona, venía a decir el pensador de Heidelberg. ¿Demasiado trascendente lo que digo? Es posible, tanto como determinadas y muy comprensibles celebraciones o padecimientos, ya estén estos previstos o no. Lo cierto, querido lector, es que el fútbol, como dijo el otro, es así. Incomprensible desde resultados de partidos inesperados, hasta todo aquello que es capaz de convulsiona y está relacionado con lo que lo rodea. Son reflexiones, en fin, producto de la relajación que te ofrece saber que tu equipo ha conseguido para la afición de la que formas parte, para la ciudad en la que vives y para la Comunidad Autónoma de la que uno presume pertenecer, el primer título europeo que Sevilla y Andalucía pueden contemplar en las vitrinas del Sánchez Pizjuan.

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